¿Por qué soy periodista?


Durante los últimos 15 años he brincado de un medio de comunicación a otro y hasta ahora tengo claro por qué: he buscado siempre el mejor espacio para contar lo que miro.

Cuando comencé, allá por 1994, como un aprendiz de reportero durante el alzamiento zapatista de Chiapas, en el sureste de México, no quería contar historias, sólo quería ganar espacios: publicar.

Comencé buscado pequeñas revistas, las redacciones de los diarios más pequeños de la ciudad donde vivo, donde pudiera colarme en el medio, hacerme “de un nombre” y ganar experiencias para convertirme en el nuevo Manuel Buendía. Quería ser como Manuel Buendía.

Con los años cambié de objetivo. Me las arreglé para combinar mi trabajo en prensa escrita, radio y televisión, aprendiendo y colaborando, así con gerundios, con toda la gente que a mí me parecía más talentosa, con mis “héroes”, con quienes aprendí a moldear, a través de la convivencia, mis estándares éticos y profesionales que, hoy sé, son bastante sólidos.

En esa segunda etapa creía ser periodista para asegurarme espacios que me sirvieran para denunciar la corrupción, para hablar de la oscuridad de los sucesos políticos, para llevarme la portada del diario o la revista con la declaración más escandalosa, el descubrimiento de la corrupción más insultante, ir a la gira más espectacular, viajar, que la gente del poder me contestara el teléfono, que mi agenda tuviera los nombres más relevantes, que mi trabajo fuera incómodo para el “Poder”. Y con eso me sentía satisfecho.

En un país tan corrompido como México, siempre en el preludio del derrumbe, yo estaba muy satisfecho de mantener mi independencia profesional y mi condición de reportero incorruptible, de ser sometido al acoso gubernamental, a veces al desempleo. Estaba contento. Satisfecho.

Pensé que convertirme en “reportero de asuntos especiales” era una buena meta, como si el periodismo pudiera resumirse en niveles escalafonarios.

Creía que todo era cuestión de vivir bien con el salario que me pagaban por mi trabajo, que en el medio se me reconociera como un profesional confiable y ético, acaparando a veces las “ocho columnas”, influyendo con mi trabajo en las decisiones de un gobierno, de una instancia gubernamental. Pensaba, tontamente, que todo ello era un fin en sí mismo.

Cómodo en ese segundo escalón, notero como era, dizque influyente, pensaba haber llegado al fin de la escalera. Pero me gané un premio.

Era 2007. Con una serie de entrevistas con niños delincuentes y narcotraficantes en el estado mexicano de Sinaloa, “Los niños de la furia”.

Irónicamente, yo tenía en mente provocar, con ese trabajo, un debate nacional sobre los efectos de la descomposición política y social de México, arrancar una discusión sobre cómo el narcotráfico, la corrupción y la impunidad, acaban de a poco, pero definitivamente, con el futuro de mi país.

Y sólo me gané un premio. El “nacional de Periodismo”, que dentro de los desprestigiados galardones que se otorgan en México a un gremio pauperizado, mediocre, es el menos desprestigiado.

Comencé a cuestionarme todo: si nada de lo que pensé que ocurriría con ese trabajo sucedió, si no se movió un milímetro la realidad de mi país, si no se conmovió nadie, como no se había conmovido con ninguno de los cientos, si no es que miles, de trabajos que escribí en todos estos años, entonces ¿por qué diablos era periodista?

Regresé a la Universidad. En mi prisa de los primeros años, había dejado inconclusa la carrera.

Ahí, con los muchachos 10 o 15 años menores que yo, redescubrí mis respuestas básicas:

* No voy a cambiar al mundo, sólo voy a contarlo tal como yo lo miro, lo escucho, lo siento, lo vivo, lo pienso.

* No voy a ser héroe de nadie, sólo voy a ser un vínculo.

* No voy a hacer que las cosas giren a mi alrededor, sólo se las voy a mostrar a los demás para que ellos tomen sus decisiones.

* No voy a desmontar gobiernos, sólo voy a escudriñarlos a fondo, a conciencia.

* No me interesa contar solamente los dichos de los funcionarios, ni perder mi vida en las oficinas de prensa, ni cuidando edificios, me interesan las historias de las personas, las que ejercen el poder y las que se ven tocadas, afectadas o perjudicadas por ese poder, los seres vivos con sus acciones, emociones, sensaciones, dichos y, sobre todo, hechos.

Ese, y ninguno otro, es el trabajo que nos corresponde a los periodistas.

Y como entendí mi trabajo, ahora quiero hacerlo mejor. Y en eso ando.♠

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