Un día en la Alameda


Ni se oyen casi ruidos en la noche. Apenas chasquidos de hojas que se mueven, un motor trasnochado hecho la bola, rumores de fantasmas. Pero ni ladridos siquiera, agua que cae o el bullicio de la tarde: a media madrugada, lista para celebrar 416 onces de enero, la Alameda es cementerio de esculturas, fuentes quietas y unos cuantos hombres de ojos raros.

“Se quedan ahí horas”, confirman Jaime González y Héctor Ávila, a paso de tortuga vigilante por la Avenida Juárez. Hay que estar “nomás a las vivas, que no salte algo”. Pero si se te sientan en la banca de enfrente “mejor no veas lo que traen entre las manos”. Y risa que les causa.

Ya lo escribía Salvador Novo, el Cronista, en “Plano de la Ciudad de México”, texto publicado el 3 de julio del año 24 del siglo pasado en El Universal Ilustrado:

“Menudean los asaltos. Lo dicen los periódicos, y que en pleno día. Más miedo da en la noche y a oscuras. Un señor atravesaba el parque lleno de aprensión. Saliéronle al paso dos individuos de extraña catadura. Trémulo, pálido, él les dijo:

– Señores, no traigo dinero, ¡se los juro!

A lo que impasibles replicaron:

– ¡No le hace!”

Y poco que ha de haber cambiado la Alameda en estos años. La mera noche del primero, todavía la gente brindaba entre los fresnos, agarraron en la Fuente de las Náyades a un ratero.

Se había volado unas tarjetas de celular, mil 70 pesos en billetes chicos y unos bimbollos de la tienda Oxxo de Cuba y Lázaro Cárdenas. “Tremenda corretiza que le metieron” por el parque de 80 mil metros cuadrados, según dicen los guardias. “Pero los compañeros hicieron buen trabajo”.

Será por algo que en “el paseo más antiguo de la ciudad de México”, el “testigo mudo de los grandes acontecimientos”, el “primer parque de América Latina”, el “Patrimonio cultural de la Humanidad desde 1985”, abundan las historias de noche o día.

Como la que cuenta Arnulfo Cortés, paseante habitual vecino de la Guerrero, jubilado, viudo: “yo aquí conocí a mi esposa, en 1957. Duramos 46 años casados. En ese entonces no había tanta cosa, paseaban los señores con sus sombreros, las damas bien vestidas”.

Cada que puede va a sentarse a las bancas, o se encarama en el kiosco que está sobre la Avenida Hidalgo, observa los bailes que luego se organizan, lee una revista, come un chicharrón con salsa roja, papas fritas, se bolea los zapatos con “Don Pedro” ¿O dijo con “Don Pablo”?

“Hay rateros por aquí, cómo no. Pero cada vez son menos”, dice el hombre, ojos negros casi cubiertos por una nube blanca, bastón de madera en la mano derecha, dientes muy blancos, artificiales. “Es un parque muy bonito, me trae muchos recuerdos”, dice. “Extraño a mi viejita”.

Arnulfo está cercado por los ruidos. El silbido agudo de un globero, el grito atronador de voceadores, unos escolares de pinta en arrumaco, la fuente que chorrea, dos perros pequeños, cláxones como palomas echando madres, el aire, una bocina que estalla “por la defensa de la soberanía energética”, risas, una charla sobre la infidelidad de Gisela, el murmullo del Aviso Oportuno subrayado en “Se solicita empleado…”.

Se van superponiendo uno sobre otro, los ruidos, en una especie de sinfonía chilanga, que no cesa nunca, que puede ser un vals, un blus, un heavy metal, conforme corra el día.

Pero el hombre apenas oye. Detrás de su oreja derecha, como si fuera el cuerpo de una de las tantas mariposas que luego se aparecen, lleva un pequeño aparato para la sordera, que él enciende o apaga, a su antojo, cuando un entrometido llega a interrumpirlo en su tarde en la Alameda.♠

Publicado en El Universal

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