La ciudad de las mujeres chulas


PLAZA MAYOR No. 1

En la Plaza Mayor hay mil mujeres y una, que se saben reinas, que se saben chulas y pavonean sus figuras a media tarde, aunque sus medidas no encajen en el arbitrio de la moda de otros.

“Claro que me siento bien bonita, chingaos”, sonríe Evangelina, no lo duda, y antes de que salte otra pregunta saca un espejito de su bolsa negra, se acomoda la blusa de florezotas amarillas y rojas que se agolpan en el talle del pantalón oscuro, suelta su cabello para que lo huela el Ángel de la Independencia y se lanza decidida con sus 34 años:

“Me gustan mucho mis piernas, porque las tengo bien torneaditas y firmes, me gustan mis pompas y mi cabello, pero lo que más me gusta es que soy bien chingona: mantengo a mis dos hijos yo solita. Y en escuelas privadas”.

“No me gustan mis bubis”, dice Gina a los 26 años, “pero tengo unas pompas bien bonitas, y cuando paso me dicen bizcocho, mamacita, o hacen así con la boca, como aspirando el aire, como que se saborean. Luego tanta mirada hasta incomoda, pero no siempre”.

Mujeres de carne y huesos, las “viejas” de la casa con su grasa y extremidades imperfectamente reales, que lo mismo dudan o se sonrojan si Mónica les pide posar para su lente y sentirse un minuto las Misses Universo, que se carcajean ocurrentes porque dicen nomás “yo no soy bonita, joven, vea nomás: yo soy hermosa, una chulada”.

Y las encuentra cualquiera a la entrada de algún metro, en las avenidas plagada de humos y automóviles, en la taquería que sea o en las garnachas, con su impaciencia por la talla cero, una angustia por la piel sedosa, la llanta, la lipo, el rimel, el lifting.

Se las mira con su bolsa de ejecutiva o de ama de casa, con sus mochilas o toletes de gendarme, con sus dudas y preguntas con sonrisa, cuando Erika, Lucía o Teresa, igual que Andrea, Amaranta y Viridiana se atreven a posar donde han de estar “las misses”, cuando lanzan la misma altivez en la mirada, el mismo ondular de la cadera, la misma seducción hacia una cámara.

“Me falta estatura, porque a ellas les piden mínimo 1.65, creo, pero están muy flacas, están demasiado delgadas, y aunque tengo las estrías de mis dos embarazos, mi viejito en la panza, en traje de baño sí me aviento a posar junto a ellas”, ríe Gina.

“Me gusta el color de mi piel”, relata Andrea, “si tuviera una banda, sí me gustaría que dijera Miss Canela”.

Las mises de estas tierras. Las que “si no fuera porque tuve tres chamacos, me aventaba a posar con las escuinclas”, como se reta Aurora. Las que “obviamente, si me pones a su lado diría guaau, qué mujerón, pero claro que a mi me gusta lo que tengo”, como sostiene Jimena sin rubores, en sus 17 años, un arete cruzado en el ombligo, los labios enrojecidos de paleta.

Mujeres. Morenas, chaparras, caderonas, delgadas, de cachete inflado, de ojos grandes o medianos, que se autocritican y también se autodescriben para ellas y los otros: “sabrosa, porque me gusta la coquetería de gustarle a los hombres, que me miren en la calle, no soy una Miss Universo, pero soy una Miss Sabrosura”, como habla Cinthia.

Que cargan con su base y sus lápices de labios, que se juntan en las esquinas y se miran furtivamente para medir a la competencia, que saben “cuándo salir de cazadoras, porque decidimos nosotras, no los hombres”, como explica Male, cuando deja la oficina casi a media noche.

Que se depilan las piernas y se destruyen las rodillas con tacones insólitos, que se quiebran el rostro con pinzas y polvos con sombras. Que huelen todo el día a flores o maderas, y dudan porque “cada 28 días no soy bonita, soy un monstruo, pero en las mañanas, en el espejo, me gusta a la que veo”, como resume Alondra.

Mujeres. Que en domingo o martes saben perfectamente lo que tienen dentro, sin que un jurado esté ante ellas para premiar su talla: “sí, soy bonita, aunque a veces, cuando estoy muy cansada de todo el día, me veo así, como gastada”, según cuenta la Mago, con su maestría del Tec y su piel blanca.

Mujeres. Que se someten a las leyes de un mercado impuesto por los hombres, por las modas, por las tallas y los medios, pero buscan esa orilla dónde habrán de disfrutar la libertad ganada a tanta faja: “las misses de pronto se convierten en objetos apreciables, pero esos objetos ya sabemos cómo caminan, qué responden cuando les preguntas, cómo sonríen, incluso cómo lloran cuando ganan la corona. Son nuevas versiones de Barbie, y Barbie es una muñeca, y yo soy un bonito ser humano”.♠

Publicado en el diario EL CENTRO

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