La humanización de los perros


PLAZA MAYOR No. 15

En la Plaza Mayor un fenómeno avanza y se diversifica: los perros, esos mamíferos compañeros de la raza humana desde tiempos ancestrales, van dejando de denominarse “los mejores amigos” del hombre, para convertirse en sus hijos.

Raúl Morales, instructor canino en el Parque México desde hace más de siete años, lo confirma, sin saberlo, nomás con una frase, “antes se llamaban El Pelos, Cachacuáz o Bombita, y ahora les ponen Gina, Frida, Max, Charly”.

Su trabajo, el de Raúl, es casi hacerlos parecer unos niños: que obedezcan las señales de tránsito, que saluden dando la mano, que no ladren cuando los mayores estén hablando, que avisen cuando quieren “ir al baño”, que no lloren en la noche, que no rompan los muebles, que no derramen la comida, que no ensucien la casa, que se paren en dos patas. Casi casi sean antropomorfos.

“El trabajo de obediencia básica es el más demandado”, dice el especialista, “les enseñamos a comportarse en distintas problemáticas y a obedecer las órdenes, a permanecer sentados y a no distraerse cuando se requiere su atención”.

Su glosario de “clases caninas” contiene “Adiestramiento Profesional”, “Obediencia Avanzada” y además un curso para “Problemas de conducta”, en el que se trabajan inconvenientes como los ladridos nocturnos recurrentes, las formas de combatir el “estrés canino” y tanto la convivencia cotidiana con los humanos como la participación en competencias.

Y cuando “Max” siente el jalón de la correa, o cuando Raúl le dice “anda”, se apresta a dar la vuelta por el Parque México, levanta la mano a un silbido, se sienta como estatua en su mismo sitio, cierra el hocico, mira fijamente a su maestro y no mueve la cabeza para nada, ni cuando pasa un gato, ni cuanto salta un pájaro.

Pero hay opciones más sofisticadas. La Unidad de Crianza, Adiestramiento y Protección (UCAPSA), con más de 30 años de antigüedad, es prácticamente la Universidad del Perro. Y así se ostenta.

En la escuela, ubicada en la carretera a Cuernavaca, hay todo un complejo deportivo, veterinario y educativo para los perros: desde “Kinder Can”, pasando por Estimulación Temprana de sus instintos, hasta cursos de por lo menos cinco niveles para la obediencia, con técnicas “psico-pedagógicas” aplicadas a cada espécimen en particular.

“Dependiendo de qué clase de perro se trata, cuál es su problemática y lo que usted desea de él, tenemos distintos tipos de cursos, básicos, intermedios y avanzados, a su disposición”, dicen telefónicamente en la oficina de información.

Un curso básico, por alrededor de 4 mil pesos, capacita al animal en “orden de entrar a trabajo, sentado automático, echado quieto y respuesta al llamado”. Otros tres adicionales, por 9 mil pesos más aproximadamente, dejan al perro hecho un tiro.

En el portal de Internet “Perros de México” se enlista, por ejemplo, la gama interminable de artículos para hacer del perro niño: cortaúñas, secadoras de pelo, peines, rompenudos, baberos, almohadas, platos especiales, limpiadores de ojos y oídos, shampúes para cada tipo de pelo, mesas para arreglo, collares, dulces, premios, accesorios.

Estéticas, dulcerías, gimnasios, guarderías, parques de diversiones, cementerios, hospitales y crematorios, lugares que se van multiplicando y volviendo más comunes, que junto con las boutiques y las sesiones de terapia psicológica para caninos se presentan como la vanguardia en la humanización del perro.

“La gente quiere a sus animales, y los trae aquí para que les enseñemos a convivir con ellos más adecuadamente”, dice Raúl, mientras entrena a seis perritos que ya casi en todo lo obedecen, permanecen sentados, quietecitos sin moverse, mientras platica de su oficio.

Son como niños, ahí echados en el adoquín de parque, mientras mueven la cola silenciosos. Se llaman Max, Frida, Roger o Toribio, y han dejado de ser el mejor amigo del hombre, para ocupar un espacio más cercano, más filial, más emotivo. Como el que puede ocupar un hijo predilecto en el corazón de toda su familia.

Publicado en el diario EL CENTRO

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