Periférico huyendo al Sur


PLAZA MAYOR No. 20 

Por más que le sonríes, por más que llevas casi 90 minutos viéndola impacientarse en su arrogante Cadillac azul tarde-noche con cortinas delgadas, chofer finamente trajeado e inmovilidad absoluta, la mujer, acaso unos 60 años, apenas y te pela.

Cómo se parece a la ministra Olga Sánchez Cordero. Iguales en el tono rubio cenizo del cabello medio ondulado, el perfil de nariz rectilínea, el tono de la piel. Lleva unos lentes enormes que dicen Prada, un saco en tonos ocres y azules, cuatro añillos en la mano derecha y un par de aretes que aparecen tímidamente cuando de pronto se pasa la mano derecha por el peinado.

Puedes verla desde el Beetle rojo pitaya en que vas acompañado de una chava sin zapatos que trepa los pies arriba de la guantera, o desde la Xtrail beige que en los vidrios de atrás lleva dos caritas tipo :o) dibujadas con dedos de niño, o desde el Córdoba color Oxford, o el tsuru taxista que busca a quién comprarle cacahuates, el Mazda, el vocho que nunca se mueven.

Es viernes y no ha dejado de chispear, y entonces toda la tripa de láminas multicolores que se extiende, según los reportes radiofónicos, casi desde la Glorieta de Vaqueritos, en Coapa, hasta la entrada a Chapultepec, en las Lomas, lleva los toldos mojados, las ventanas cerradas y los rostros desesperados de tanta prisión.

Desde los otros autos parece que la mujer y su chofer apenas y se hablan. De repente ella toma una revista, cuyo cabezal no alcanza a distinguirse entre los pliegues de la cortina, y hojea como aburrida el contenido, para después dejarla, con su mano izquierda, encima del asiento.

El chofer, un hombre moreno, el rostro marcado por unas cuatro décadas, con arrugas paralelas a la altura de las mejillas, cabello negro perfectamente peinado, con la mano derecha aferra, como si estrangulara, la curva del volante.

La mano izquierda, derrotada, sin tomar parte en la labor, se hunde con su palma a la mitad de la mejilla. Afuera, de cuando en cuando suenan claxonazos leves, resignados, si alguien olvidó moverse los 120 centímetros que avanza la tripa cada tres minutos, el motor de un helicóptero azul marino, ruido.

“Severa carga vial a la altura de Revolución”, dice el cuate de la radio, y los que miran desde adentro, los que han sido engullidos por el monstruo, desdicen con un “no manches” la tímida descripción del reportero: el periférico, huyendo del sur, es un ente paralítico en sus cien mil extremidades.

Incluso en los costados, donde los peseros, como plagas, van superponiéndose a los autos con sus aventones color verde pistache, el flujo se ha mantenido casi detenido, y las caras, apesadumbradas unas, con las frentes arrugadas otras, como claudicadas todas, ensayan miradas de izquierda a derecha, de atrás para adelante, como única forma de escaparse del atasco.

¿Y dónde se habrán ido los siempre salvadores vendedores de gomitas? La llovizna, que por momentos abandona el “chipi-chipi” para convertirse en aguacero, parece haberlos ahuyentado de la zona, porque el taxista del Tsuru, cuando el flujo lo permite, divertido te comenta, de ventana a ventana, “y ni a quien comprarle unos pinches japoneses”.

Ni unas papitas a lo lejos, en efecto, ni un grito de “salida a la vista”, un pedazo de alegría o pepitoria, las gorditas de nata de a 10 varos, los refrescos de lata, los doritos nachos, alguna gelatina: en medio del Periférico, la tarde del viernes, los miles de varados andan solos entre tantos, sin una posibilidad de que les den un chance.

La rodilla izquierda se va pulverizando de tanto andar el clutch casi sin marcha, el cuello se va volviendo piedra de tanto no moverse ni un centímetro, los brazos engarrotados, la espalda que aúlla, la lluvia de la tarde que ni siquiera deja espacio para mirar al cielo en lo que alguno avanza.

Y la mujer en el costado izquierdo, con sus aretes finos y sus anteojos de apellido Prada, que apenas y te pela. Por más que tú la miras, por más que le sonríes buscando en su mirada algo como una simple y pasajera solidaridad de conductor embotellado.♠

Publicada en el diario EL CENTRO

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