Un rumor… como de niños muertos


Justo 60 días después, su grito no alcanza a distinguirse en medio del caótico murmullo de una ciudad que olvida fácilmente, que siempre prefiere mirar hacia otro lado.

Y no es que ellos no griten con todas sus fuerzas, que esas mujeres y hombres no se desgranen en estallidos de ese dolor compartido que clama “asesinos!” o “¡Justicia!”, ante un edificio que pareciera que siempre está cerrado. Porque el enorme y millonariamente remozado edificio del IMSS para ellos siempre está cerrado.

No. Ellos gritan, encienden antorchas en medio de la lluvia, avanzan lentamente sobre una avenida que además les mienta la madre, blanden sus pancartas derretidas de agua y agravios y cargan en un ataúd blanco las ofensas contra 90 niños sonorenses, que murieron o quedaron marcados de por una vida, sin que autoridad alguna se haga responsable de la tragedia.

Pero no los escuchan. ¿Y por qué habrían de hacerlo? Ahí, en el aguacero de las siete de la noche de un día cualquiera sobre Paseo de la Reforma, esos doscientos, trescientos hombres y mujeres, no son más que gente sin rostro pidiendo justicia. No son más que unos cuantos jodidos, de entre más de 100 millones, que están indignados por unos distantes y ajenos niños, asesinados por la negligencia, la corrupción y el autoritarismo de gente que sí es importante.

Para el Poder, para quienes en México sí importan -da igual que se trate de un obeso Ministro de la Suprema Corte de Justicia, un diminuto gobernador que duerme plácidamente, un Presidente pequeñito cuyos hijos están bien cuidados o un atarantado funcionario del IMSS clave de empleado HB3-, ellos, los gritones no valen nada: se beberán su aguacero y regresarán a sus casas a rumiar su desesperanza. Sólo eso.

Aunque sigan gritando. Aunque avienten en pequeñas hojas volantes sus preguntas a Margarita Zavala, la “prima lejana” de una de las dueñas de la guardería incendiada, saben de antemano la respuesta: ¿Cómo puedes dormir tranquila cuando muchas madres no pudieron despedirse de sus hijos?”.

Aunque se indignen, como Martha, una mujer de 64 años, ojos estrellados de llanto, labios abiertos a puro grito, que acepta sin chistar el narcotráfico, la corrupción, la violencia, los robos, las mordidas, la falta de democracia que permean todas las capas de la estructura social mexicana, “pero no esto, porque aceptar la muerte de estos chiquitos es como volvernos animales”.

Los indignados se reparten a lo largo del infranqueable edificio del IMSS y despliegan los nombres de los 49 niños muertos, los de los otros 41 niños que quedaron con vida. Exigen renuncias que jamás han de llegar, juicios que se han de postergar hasta el infinito, despidos que jamás han de ocurrir para autoridades que no funcionan. Y en su minuto de silencio, llano, solitario, gris, saben que en México, su México, no hay nadie que los escuche.

Aunque le sigan gritando a su país que se despierte, que haga algo porque alguien asesinó a 49 de sus hijos y no ha habido nadie que pague por el crimen.

En medio del murmullo de la ciudad, en medio del murmullo de un indolente país entero, un control remoto sintoniza la telenovela, el programa cómico, el futbol, el espacio radiofónico de bromas por teléfono.

Y ese volumen embrutecedor apaga el grito de estos cuantos, que acaba por diluirse: era apenas un leve murmullo, sonidos lejanos.

Un rumor como de niños muertos. Asesinados.♠

 

 

Publicado en El Periódico,  el 6 de junio del año 2009

Un comentario en “Un rumor… como de niños muertos

  1. Como tu bien dices, amigo, despues de esto solo queda un profundo dolor de impotencia y tristeza, mucha tristeza por no tener apoyo, porque nadie responda y porque solo quedaran en el recuerdo de unos pocos.
    Nadie se pregunta ¿que esta pasando? Algo tiene que cambiar, y espero que sea pronto. Un fuerte abrazo y mi apoyo incondicional. Gracias por contarlo.

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