“La Joya”, una favela a la mexicana


En su rostro de tono apiñonado, ojos de noche, una cicatriz breve en el labio inferior, no hay rastros de rubor. Sí de arrogancia. Como si el águila azteca que trae tatuada en el hombro derecho pudiera infundirle un arrojo distinto, de líder, a ese muchacho veinteañero, correoso, machín de “El Hoyo” y sus laberintos. Como si no estuviera ante un comerciante, sino ante el mero macizo de la favela más famosa de Iztapalapa, La Joya, por décadas enterrada como puñal en el corazón de una ciudad que creemos cosmopolita.

– La neta, no hay farderos may. Somos comerciantes muchos de por acá… pero hay que apoyar al barrio ¿no may… o qué, la vas’cer de pedo? – dice con ese tono característico de barrio defeño: tonada gruesa, cantadita, que acentúa todas las palabras graves con un énfasis profundo.

Le digo May, como él me nombra, por no decir su nombre. Los requisitos de la cautela. Oferta juguetes, aparatos eléctricos, baterías, bocinas. Artículos todos muy seguramente sustraídos de algún camión repartidor o tienda de autoservicio, y que ahora forman parte de los activos en la única tienda improvisada que hay en la única calle asfaltada de la colonia. Legendaria colonia, donde han convivido, por más de 40 años, la miseria, el crimen y el narcotráfico.

– Es por la banda May… todo derecho… 400 bolas el componente, las bocinas 500 – me dice para convencerme, mirándome inquisidor, como si pudiera escanearme, radiografiarme. No volverá a emitir palabras hasta que me despida.

Hay bullicio de tarde en la calle. El mismo alboroto que unos minutos antes apenas ha ahogado los silbidos que le avisaban de mi presencia. El mismo rumor que ha enmarcado el momento en que el May y otros cuatro chavos me rodearon, apenas adentrarme un par de metros más allá de la pequeña capilla erigida en honor de sus muertos y el señor de Chalma. El mismo ruidero que ha hecho, por puro susto, que todas sus preguntas me sonaran lejanas: “¿Tú qué pedo… a quién buscas… a quién vas a ver… cómo llegaste?”

El mismo vaivén de niños, mujeres, hombres, perros, que no delató mi mentira y serenó su  impaciencia: “a huevo… sí, te vi con la Dione y la diputada (Karen Quiroga) el otro día ¿verdá May? Eres el del periódico que vino a ’cerle preguntas a las jefas. Venías con una camisa negra”.

El mismo ruidero obeso,como si fuera permanente, que desde el terregal desprendido de lo alto del peñón avisa que La Joya, ese asiento irregular con más de 560 familias en condiciones de muy bajo desarrollo social (como el 86 por ciento de los habitantes de Iztapalapa), ese sitio que registra el más alto índice de presos por colonia en toda la ciudad, con más de 250 en los últimos 10 años, el de constantes intromisiones policiacas, el de la venta de drogas, sigue siendo algo muy parecido a la leyenda que ha tejido su temible nombre.

Dos miradas

Tiene dos rostros. “El hoyo”, ese asentamiento que comenzó siendo una hilera de casuchas improvisadas en los años 60 y poco a poco fue creciendo.

El rostro desolado, casi desierto, de la mañana en que una joven activista de la zona, Erika, y el grupo de mujeres que dirige la agrupación vecinal, me llevan a conocer a su gente, entrar en sus casas, oler su humedad, palpar sus necesidades, escuchar la angustia de padres y madres que se niegan a que la escuela más cercana, XXXX, cierre su turno vespertino.

Ese en el cual casi no se ven niños, no hay problema para entrar ni salir, en el que las puertas de las casas casi se abren solas.

Y el bullicioso. El del fin de semana, el de la tarde y la noche con gente en la calle, ruido, risas, música, vida. El de los silbidos ante el desconocido. El de los rostros oscos. El de las no respuestas ante las preguntas, la desconfianza producto de tanta confrontación con la ley, como es el día que me aventuro en solitario a comprobar la veracidad de que, pese a su mala fama, la colonia ha cambiado mucho, en todos los sentidos.

No hay programa que sea mágico

-Los esfuerzos que se han hecho para contrarrestar el deterioro social son muchos, pero todavía insuficientes para la cantidad de carencias que hay – dice Karen Quiroga, diputada local y activista en la zona – todavía hay drogas, hay delitos, farderos hay mucho todavía, drogas, aunque se han ido reduciendo… sí hay marginación, hacinamiento… no hay programa que sea mágico.

Recorre conmigo los laberintos de El Hoyo. Pequeños andadores que van descubriendo casas entre pasadizos claustrofóbicos, con puertitas que dan a más pasillos, ventanas sin vista a la calle, pequeños cuartitos de techos endebles, donde se hacinan, en promedio, entre 7 y 9 personas por vivienda. A veces muchas más y casi nunca menos.

La gente se acerca a la legisladora para hablar de la humedad permanente en sus paredes sin cimientos ni castillos, de la falta de apoyo con programas sociales, de la delincuencia, de la disputa por los terrenos de un centro comunitario que pronto será comedor para todos, del peñón que a veces lanza sus rocas al viento, a los techos de láminas y desechos, de la batalla política contra los priistas, adversarios naturales en la zona, porque la miseria también es botín.

-El principal problema sigue siendo la propiedad de los terrenos – dice – eso impide la entrada formal de muchos apoyos. Mientras no haya regularización de terrenos, esto seguirá siendo un desorden, porque no pueden entrar programas de apoyo para reconstrucción de vivienda ni ninguno otro.

-¿Y la violencia? – le pregunto.

– Se ha reducido. Casi todos los jóvenes en edad escolar tienen becas, secundaria, primaria y prepa. No digo que no haya, pero sí tienen condiciones distintas – dice, aunque la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal tiene datos distintos de ese polígono crítico que forman La Joya, y las colonias Ejército de Oriente y El Paraíso, que en conjunto presentan índices delincuenciales tan altos y consistentes como toda una delegación Magdalena Contreras: 2 mil 769 denuncias por delitos en los últimos 120 días.

– Sobre todo, debes tomar en cuenta que este lugar estuvo abandonado por décadas. Los priistas trajeron a la gente y la botaron aquí – dice Karen, para sintetizar el destino original de tantos campamentos enquistados en las faldas de los cerros, durante décadas de gobiernos indolentes.

Porque así nació La joya, terreno ubicado en el fondo de una cañada que es fondo y falda de una vieja cantera de piedra tezontle, yerba y desechos, a la que el drenaje, el alumbrado, la pavimentación mínima llegaron apenas hace una década, casi 20 años después que los moradores.

Como dice Carmen, una mujer de grandes y profundos lentes, el cabello cano, la trenza perfecta y el delantal a cuadros, cuando entramos a su casa: “aquí cada uno construyó su casita como pudo, como tuvo, ¿no? Y fue creciendo porque en cada censo los priistas traían a más gente, a más gente, hasta que ya no cupimos y empezamos a trepar los cerros”.

-Yo pagué 600 pesos por mi terrenito – dice la mujer –  es chiquito, dos cuartitos. Se lo pagué a un señor que no me acuerdo su nombre. Íbamos a tener nuestros títulos, pero no. Aquí vivieron mis 14 hijos, ocho ya se me murieron, nomás me viven 6.

Carmen aún recuerda los caminos de tierra, la herradura que hoy funge como calle principal, plagada algún tiempo de asesinos, drogadictos, desvalijadores de autos, rateros, violadores.

Se acuerda perfecto cómo se inundaban las casas con los aguaceros. Cómo se escondían por las balaceras en las noches y lloraban a sus muertos en el día. Porque La Joya ha sido zona brava desde siempre.

Su vivienda, sus dos cuartos, ni siquiera alcanzarán los 12 metros cuadrados. Los ladrillos pelones. El techo endeble. Una mesita, las sillas, los rudimentos de quien vive humildemente.

– Si un sueño tengo – dice – es que un día nos den nuestros papeles. Para dejarles a los hijos un pedacito de tierra.

-¿Aunque haya violencia, drogas?

– No le aunque. Pos eso siempre ha habido… y siempre va a haber, aquí y en todos lados.

Doña Ana y el divisadero

 

No articula muy bien el español. Se le confunden las palabras con el mixteco que aprendió de niña en su pueblo oaxaqueño, cuando intenta explicar que la pobreza en que vive su familia no es, por mucho, el infierno que sería si aún viviera en su terruño.

-A vece, poco, pero lo hay para comer aquí’n… que no allá- dice Doña Ana y empieza a contar la historia de la familia más pobre de cuantas habitan en “El Hoyo”.

Un compadre suyo, Aurelio, les vendió el terreno en la parte más alta del promontorio, justo donde abre el peñón como si fuera el borde de un caldero. Su casita de madera, sus pisos de tierra, las rejas de alambres varios, la escalera de piedras parecen una prolongación interminable del terregal, del siglo XIX.

– Yo lo soy nda’vi. Vendo mi tamales. Mi hija y mi nieto lo están vendiendo en la Central Abasto– dice de su pobreza – mi esposo albañil… no tuvimo estudios. Ahí la vamo pasando – dice. Tiene las manos callosas, apenas un par de dientes. En su vestido hay agujeros como adornos, en su mirada serenidad.

-¿Se puede ser feliz?

-Si vendo lo mis tamalitos, somos contento – dice.

Me quedo con las ganas de probarlos. Se escuchan dos ladridos en la cañada. Unas risas de niños sin dientes que revolotean, como si fueran palomas, entre centenares de olotes y hojas de maíz desperdigadas sobre el patio, tierra, piedras, madera, mugre. Y al fondo, como alfombra, los techos de “El Hoyo”, con sus llantas viejas, sus triciclos herrumbrados, los nopales del peñón, las láminas de asbesto o metal que brilla con el solazo y desata la pregunta:¿Cómo diablos puede prevalecer una pobreza así en una ciudad que gasta miles de pesos en adornos, en comidas, en gobernantes indolentes, en el lujo para su casta política?

Doña Carmen, una de las primeras pobladoras de “El hoyo”, me da la respuesta más cercana:

– Nosotros nos organizamos pa’ pedir, siempre. Ibanos al gobierno a pedir nuestro drenaje, nuestra luz. Siempre venían a prometer que esto, que aquello, y las mejorías nomás que no llegaban. Y uno les cree, ¿verdad? pues uno qué va a saber… el pobre es ignorante.

-¿Y eso ha cambiado?

– Ha cambiado, sí. Mucho. Porque ‘ora exigimos. ¿No? Y entonces, pus ahí vamos saliendo ¿verdá? Ya mis nietos tienen estudios, no como uno. Y tenemos el apoyo ¿verdá?…ora sí que ya nomás nos faltan nuestros papelitos… para que ora sí esta tierra que tanto peleamos, ahí como la ve, sea de nosotros.♠

Publicado en EL UNIVERSAL

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