Monólogo de un hombre muerto


appo1

Media tarde. Un restaurante de clase media en algún lugar de México. Es una casona con amplias ventanas y apenas comenzales. Hay bullicio de conversaciones. En una de las cinco mesas del lugar, de espaldas a la puerta de entrada y de frente a quien lo escucha, está sentado Flavio Sosa. Es un hombre de 50 años. Cae un haz de luz sobre su espalda, que enmarca un rostro redondo, ojeroso, cubierto por una espesa barba, entrecana igual que su largo e hirsuto cabello sujeto por una cinta. Su gesto es adusto. Viste una camisa de lino color azul cielo:

Flavio (en voz baja, pausada):

Fue hace dos semanas, aproximadamente: yo recibo avisos de amigos, de compañeros, de que… pues que se está corriendo el rumor de que me van a asesinar.

El primer aviso me inquieta. El segundo aviso ya me preocupa un poco más… cuando es el tercer aviso ya me alarmo ¿no?

-¿Sabes qué, Flavio…? P’s vienen por ti. Hay tres sicarios buscándote en Oaxaca… vete ya… vete de Oaxaca antes de que te maten, Flavio- me dicen (finge la otra voz).

Es un escenario similar al que ocurre cuando matan a Beto en 2010 (cambia el tono cuando pronuncia ese nombre) –a Heriberto Pazos, del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui, ejecutado— porque se hablaba en ese momento de una lista negra, donde estábamos Beto, el padre Uvi, que se llama Wilfrido Mayrén, yo y otros líderes sociales.

Beto, definitivamente encabezaba la lista. Y parece que en segundo y tercer lugar estábamos el Padre Uvi y yo. Entonces, ya en el momento de esos avisos, se comienza a crear un clima muy particular: se me acerca algún periodista, se me acerca algún compañero de la región, algunos líderes sociales:

-Oye Flavio, ten muchísimo cuidado… ya están las armas en Oaxaca, hay una cantidad equis de dinero para matarte… y viene gente de fuera- me dicen (gesticula las frases, enfatiza las otras voces).

Ese es el penúltimo mensaje, el que ya de plano nos cimbró. Porque, además, hay un mensaje casi al final que llega a través de Ignacio, de Nacho, mi colaborador más cercano… un compañero… un hermano mío, que desde 2004 es una especie de secretario particular que la organización comisiona para que esté cerca de mi… que incluso en los momentos más dificiles del movimiento siempre está conmigo.

Nacho va a un antro y estando ahí se le acerca una de esas gentes que notoriamente controlan el antro –porque ahora en Oaxaca, en los últimos meses, hay gente que no tiene nada qué ver con el negocio, pero los controlan— y ahí le ocurre:

-¿Quiúbole Nachito?- le dicen por su nombre. Ignacio se sorprende de que le llamen por su nombre y de que le llamen con tanta familiaridad, porque así le decimos nosotros: Nachito.

-¿Qué pasó…?- les contesta y se levanta.

-No, no te espantes, Nachito… ya sabes… ¿ya sabes, verdad? Vienen por tu jefe… y no somos nosotros. Es gente de fuera.

-Pos… ‘hora sí que no sé de lo que me estás hablando- les dice Nacho. Quiere evadir la plática, hace el intento por levantarse de la mesa y el que le habla lo impide agarrándolo del hombro.

-No. No te preocupes, contigo no hay problema… dile a tu jefe que se cuide… y dile que no somos nosotros. Punto. Pero sí está cabrón ¿eh?

Después de ese mensaje que le dan a Nacho, nos reunimos como colectivo, los siete, ocho compañeros que formamos la directiva de nuestra organización. Y hacemos una valoración de por dónde podrían venir los golpes… por los nombres que se mencionaban y… este… de si era una jugada política o era una amenaza en serio.

Pues… porque ya otras veces nos han amenazado ¿no? Varias veces, desde que salimos de la cárcel, en 2008… entre 2007 y 2008… casi acabando de salir comenzaron las amenazas, los rumores de que me iban a matar, de que me habían levantado, a mi o a mis compañeros, a nuestras familias… pues entonces esta vez decidimos “no… vamos a esperar”.

Y esperamos ¿no? Ante estos avisos. Confiamos. Pero, en esto que esperamos… pasa… pasa algo que no nos esperábamos. Asesinan a Nacho. (Hace una pausa larga) Nos lo matan. (Flavio se coloca ambas manos en la sien. Recarga los codos en la mesa. Su mirada se dirige hacia ningún lado).

* * *

Madrugada. Hay algo de niebla. Un letrero señala: Columpio de Ixcotel – Carretera federal 190 Oaxaca-Istmo. Dos hombres aún jóvenes salen de un bar llamado AM. Sin que puedan alcanzar un automóvil Tsuru color blanco con placas TLA-1327, estacionado frente al bar, ambos hombres tratan de escapar de una lluvia de balas que de repente se desata sobre ellos. Se escucha ladrar a los perros en la lejanía. De los más de 20 disparos que salen de por lo menos tres armas .9 milímetros, una decena atravieza el cuerpo de Ignacio García Maldonado (moreno, bajo de estatura, el abdomen prominente). Su cuerpo queda tendido sobre el cofre del automóvil, mientras que otra tanda de disparos, de las mismas armas, caen sobre el cuerpo de Emmanuel Jesús López, su acompañante (moreno, delgado, de bigote ralo y bien delineado), quien alcanza a entrar en el vehículo para morir adentro. Se ven sombras de entre cuatro y seis atacantes. No se identifican rostros, ni complexión precisa. Los cuerpos quedan tendidos. Una bala horada la portezuela del coche de las víctimas, justo en medio de un emblema oficial: la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Ladridos lejanos. Aparece la primera sirena policial. Amanece lentamente.

Flavio (aprieta los dientes y así comienza a hablar):

A Nacho lo matan de la manera más canalla. Porque Nacho jamás uso un arma, jamás fue violento… nadie va a encontrar ni una foto, ni un video de él usando una arma… jamás. A lo mejor (ríe) sí encuentran alguna foto de Nacho tirando alguna piedra (ríe abiertamente) eso sí lo hicimos todos… pero Nacho era un hombre bueno. Y un (titubea, conmovido) un… un activista comprometido que decidió poner en riesgo su vida al estar a mi lado. Él lo sabía perfectamente. Fuimos creando lazos fraternos tan indisolubles como los que se crean entre los hermanos. Y fuimos entendiendo que la causa de la transformación de Oaxaca era nuestra causa y ahí seguíamos juntos. Digo… y lo matan… (se conmueve, traga saliva) como una señal mafiosa de que vienen por nosotros. (Se mueve en su silla. Bebe café de una taza).

¡Y por supuesto que sí tengo miedo! Es una mezcla terrible de sentimientos encontrados. El dolor de no poder abrazar a sus familiares más cercanos, el dolor de no poder abrazar a su madre (se le quiebra la voz)… que tantas veces nos acogió en su humilde ¡humilde, muy humilde casa! A sus hermanos, que sabían la relación conmigo tan entrañable… y la rabia. La rabia de que hayan lastimado a una gente afectivamente tan cercana a todos nosotros (alza la voz), a quien en el 2006 le pidieron nos incriminara en delitos a cambio de su libertad y se negó. ¡Se negó! ¡Y viviendo en la cárcel más dura de Oaxaca, en condiciones infraumanas. Se la rifó en una situación infame y no se dobló! (Silencio).

Lo que es… es un momento de mucha tensión (hace una pausa larga. Juega con un sobre de azúcar). Hay muchas amenazas para todos los líderes sociales. Corre el rumor de que hay un grupo de vehículos siguiéndonos. Ya amenazaron a otros… a Efraín, que se encarga de nuestros asuntos agrarios, de la manera más cobarde le llegaron los mensajes:

-¿Sabes que lo que le pasó ayer a tu hija no fue un asalto? ¿No entiendes, verdad?- le dijeron. ¡A su hija! Y con el mismo número amenazan a otros defensores de derechos humanos. Ubican el número… dice la procuraduría que hay una persona, de condición humilde, que están usando para mandar las amenazas. A ella le ponen recargas de 30 o 50 pesos en el teléfono…

-¿Sabes qué? A esta mujer la están usando… estamos tratando de llegar a quién es el mando- me dicen en la Procuraduría. Pero nunca llegan al mando. Está todo muy revuelto. Muy revuelto.

* * *

Mañana. Una hombre entra a la sala de una casa humilde, donde una mujer morena, de trenza larga y aretes dorados, rostro redondo, trabaja frente a una computadora. Una voz femenina dice “Es Beatriz López Leyva”. En un movimiento rápido, el hombre le dispara un tiro en la sien izquierda. La mujer cae muerta. El hombre, un joven delgado sin más señas, pistola en mano huye por la calle sin ser alcanzado.

Flavio (enfático):

Intentaron secuestrar a César Mateos, que fue nuestro vocero en el movimiento de 2006… milagrosamente se salvó César … pero ya ahí se corrió el rumor de que están usando vehículos que tienen tales características, una moto con tales características, un auto, dicen, diiiiicen todos con escoltas de Ulises Ruiz… que están asignados como policías de no se qué estado y están asignados aquí en Oaxaca para matarnos, dice la propia policía.

-Ten cuidado con tus vehículos- te avisa la propia policía.

Pero en los últimos días, los rumores se hicieron mucho muy serios. Y los compañeros acuerdan que yo salga de Oaxaca. (Baja la mirada, como si se avergonzara).

-Guárdate en el Distrito Federal… no salgas de tu hotel de México, no te muevas un rato… vamos a esperar que se calmen un poco las cosas ¿Qué te parece?- me dicen los compañeros.

-Me parece correcto- les digo… y a los dos días matan a Nacho. (Su voz a partir de este momento va a quebrarse). El crimen de Nacho para nosotros representa una señal. Una señal al estilo de ellos… al estilo de este grupo de criminales que en el 2006 asesinaron a más de 20 compañeros (mira hacia el frente. Sus ojos están rojos).

(Un par de hombres ocupan la mesa contigua. Flavio, a partir de ese momento, va a bajar el volumen de su voz. Insistentemente, cada pocos minutos, va a volver la cabeza hacia la puerta de salida del restaurante, que le queda a la espalda)

Ellos se comportan como asesinos seriales, como aquellas novelas terribles policiacas, así se comportaron ellos en 2006 (se enfada), es su modus operandi. Cuando no te lastiman a ti, mandan un mensaje y dejan algunas huellas para que tú lo leas. Su arma principal es el terror: son terroristas de la política.

Han seguido a nuestras familias a nuestros pequeños hijos, a nuestros amigos más cercanos. En una ocasión torturaron a un activista que estuvo junto conmigo. Brutalmente. Con saña. A César cuando lo detienen lo torturan (con las manos hace el gesto de quien aprieta un cuello), pudo comprobarlo la Comisión Nacional de Derechos Humanos, con toques en los testículos, toques en la nariz, en la planta de los pies (suspira). Le aplican un protocolo para… querían que incriminara a Gabino Cué… que dijera que nos entregaba dinero… incriminar a otros políticos de izquierda… estee… para sembrar terror le preguntan por mis hijas, le preguntan por las hijas de Gabino… a César… en el interrogatorio… y llenan de rumores y, perdón la expresión, ¡de mierda! a toda la opinión pública oaxaqueña…

(Una mujer joven pasa cerca de la mesa y Flavio calla. Espera a que pase, siguiéndola con la mirada. Continúa)

Se han encargado de enlodar nuestros nombres.¡Que yo era dueño de quién sabe cuántas propiedades! ¡Y nunca me pudieron comprobar nada… nuuunca!… incendiaron nuestras oficinas… prácticamente me cambiaron la personalidad, me pintaron como al peor de los criminales. Bueno, ya se sabe, nos criminalizan a través de la televisión: como en mi detención, que fue transmitida en vivo junto con mi traslado a Almoloya la misma noche… todo de una saña terrible…

Su modus operandi ya lo conocemos: comienzan a sembrar el terror. Lo hicieron la semana pasada. Matando a mucha gente. El mismo día que matan a Nacho, van a tirar restos de dos cadáveres a la casa de un defensor de Derechos Humanos. Ha de estar aterrado el tipo, el licenciado Alfredo. Un hombre valiente. Y luego hay otros muertos. Ellos dejaron el gobierno pero no dejaron el poder. Y dejaron corrompidas las instituciones de manera tal que hoy siguen con fuerza en Oaxaca y reposicionados a través del gobierno de Enrique Peña Nieto… y empieza el golpeteo contra Gabino, contra los líderes sociales… no ha cambiado nada (suspira)… no ha cambiado (disminuye la voz)… no ha cambiado nada (susurra). Y vienen contra nosotros.

* * *

La plaza central de Oaxaca. Barricadas en torno de los cuatro flancos. Humo de incendios. Lonas que dicen Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca. Gente que corre. Pancartas con las leyendas ¡Fuera Ulises Ruiz! “Sección 22- SNTE”, “Desaparición de poderes”. Se escucha el sonido de helicópteros y sirenas de patrulla. Caos. Unas voces desde la radio dicen: “se escucharon disparos contra la casa del pintor Francisco Toledo”, “en Oaxaca haremos respetar el estado de Derecho”, “el presidente Felipe Calderón ordenó la entrada de la Policía Federal para recuperar el Centro Histórico de Oaxaca” y “es la primera revuelta social del siglo XXI”. Se suceden hojas de denuncias que dicen “20 homicidios”, “desapariciones forzadas”, “violaciones”, “detenciones arbitrarias”, “tortura”. Al fondo aparece un Flavio Sosa por lo menos 25 kilos más robusto, sin canas y con un rostro sin arrugas ni ojeras. Esposado, lo rodean cuatro policías. Viste un uniforme color caqui, rasurado, casi rapado de la cabeza. Una voz masculina dice: “Flavio Sosa ingresó al Penal de Máxima Seguridad de Almoloya, acusado de los delitos de sedición, ataques a las vías generales de comunicación e incitación a la violencia, además de otros delitos del fuero común, relacionados con las movilizaciones de la APPO en la ciudad de Oaxaca”.

Flavio (su voz irá incrementándose, con enojo):

Gabino Cué, el gobernador, está bajo fuego del gobierno federal. Bajo fuego del PRI. El PRI quiere retornar a como dé lugar al gobierno en Oaxaca. Millones de votos. A como de lugar. Además, los nombres que se mencionan como los que dieron la orden de matarnos son gente ligada al viejo régimen: es Ulises Ruiz, el ex gobernador al que nos enfrentamos durante el conflicto de 2006. Es Lino Celaya, el político. El uno es jefe y el otro Jefe de Sicarios. Se mencionan a estos dos personajes.

Y entonces, ante las amenazas de muerte te preguntas: ¿le metes presión al gobierno, siendo que Gabino es un gobernante que nosotros empujamos? Pues así sólo les estarías allanando el camino al PRI. Y no queremos jugar como piezas para golpear a Gabino. Al contrario, vamos a buscar el mecanismo de protección local, presionar para que funcione, para no generar una presión externa sobre Gabino mucho más grave.

Además, si me van a lastimar, me van a lastimar con todo y guardias. Pueden hacerlo. Así nos pongan cuatro-seis guardias a cada uno… sí, te ponen a los cuatro guardias y están contigo todo el día. Pero en la noche te llevan a tu casa… sacan las armas, todo el aparato. Te meten… ¡pero luego te dejan ahí en tu casa! (risas) ¿Cuál seguridad? Donde yo vivo en este momento, casa de mis hijas, es un pueblo donde dejas las puertas abiertas. No tiene ni candado la puerta. Dejas tu bicicleta en la puerta y nadie se la lleva. Y… (suspira) ni me siento bien, ni me siento seguro con las escoltas. Además ¡qué chingados! Uno está así por convicción.

Ya vienen las elecciones federales y las elecciones locales. Ellos no quieren que se vuelva a hablar sobre el 2006. Y, para bien o para mal, yo soy un referente del 2006. Me crearon la imagen de que yo era dirigente de la APPO. Era una revuelta, una revuelta social. Las revueltas son ingobernables, pero les convenía crear líderes. Son gente muy perversa, muuuy perversa.

Detrás de la figura de Flavio se ciernen dos sombras. Una es el rostro de un hombre de labios gruesos, lentes delgados, semicalvo. Una voz masculina dice: “es el presidente Felipe Calderón”. El rostro está sonriente. Cuando se disipa, aparece otra silueta, ésta la de un hombre de tez morena, con un bigote tupido que oculta el labio superior, su cabello está peinado hacia la nuca, completamente cubierto de gel. Los ojos son pequeños. Una voz dice: “Es el gobernador Ulises Ruiz”. La sombra habla: “Sin duda estamos en un conflicto serio… estamos buscando la salida los tres niveles de gobierno… no vamos a aplicar ley del garrote… se suspendió la Guelaguetza porque se podían correr riestos para los ciudadanos oaxaqueños ni al turismo nacional e internacional… con la APPO se están construyendo los puentes para encontrar las salidas… yo creo que el mandato que me confirió el pueblo oaxaqueño lo voy a cumplir”. Al terminar esa frase, la sombra se disipa.

Flavio (alza la voz conforme enuncia las frases):

Estos tipos no se tientan el corazón para nada: mataron a sus propios comandantes. A quienes fueron los ejecutores de nuestros detenciones los desaparecieron. Ahí está la lista de crímenes políticos de estos tres años, que es una lista bastante grande de gente muy cercana afectivamente a nosotros, y gente que tiene una relevancia…

¡Mataron a Catarino Torres!

¡Mataron a Beatriz López Leyva!

¡Mataron a Arturo Pimentel!

¡Mataron al profesor Rafael Rodríguez Enríquez!

Desaparecieron al maestro Carlos Román, que era digamos que del grupo de asesores de la sección 22 magisterial, un intelectual del movimiento.

En estos días han intentado criminalizar a Nacho… ¡no lo vamos a permitir! Porque nosotros no somos mafiosos ni andamos metidos en cosas, han tirado tanta mierda que nos da muchísima rabia… han tratado de enlodarnos a todos, con aquello de “calumnia que algo queda”.

-¡Es que son traficantes de madera!- dicen. ¡Por favor, vivimos al día, no nos van a probar fortunas… han tirado tanta mierda!

Gente muy perversa, muy perversa.

* * *

Un conjunto de sombras se acumula detrás de Flavio. Una tras de otra aparecen las siluetas de Catarino Torres, acribillado a quemarropa, sentado detrás de su escritorio, en su oficina, por dos hombres. Arturo Pimentel recibe un disparo en la cabeza y otro en el tórax, en plena calle. Rafael Rodríguez, asesinado dentro de su auto por dos hombres, al salir de la fiesta de 15 años de su sobrina. Carlos René Román aborda su camioneta Mazda color gris, con placas de Puebla TWS-4400 y se desvanece en el aire y desaparece. Aparecen también la sombra de Un coro de voces masculinas y femeninas repite, en distintos tonos: ¡Justicia!

Flavio (con voz en calma, sereno):

Sí… hay dolor, hay rabia, hay impotencia y temor de que lastimen a nuestros seres queridos. ¿Cómo sacamos a las familias nuestras de Oaxaca, como nos dicen que hagamos? Eso es imposible. La familia de César, la familia de Gilberto, la familia de Jorge, la familia de Horacio, mi familia, mis hijas… ¡Imposible! No tenemos los recursos para hacerlo. No es posible.

Pero por supuesto que todo esto vale la pena. No hay ni qué preguntar.

Nosotros estamos vivos, pero mis compañeros que murieron en 2006 ¿qué? ¿Sus familias, qué? ¿Las familias de los desaparecidos, qué? Ellos dieron su vida. Nosotros estamos vivos. Agradecemos la solidaridad del movimiento, al padre Wilfrido Mayrén, a los miles de mujeres y hombres que estuvieron cerca de nosotros, a los organismos internacionales de derechos humanos…

Nos van a matar, pero si nos matan es haciendo aquello en lo que creemos: la transformación de México está en la movilización social. Pero el 2006 nos enseñó que el pavor no nos debe paralizar.

Es probable que hoy, mañana, que pasado me maten. Muy probable.

Estás hablando con un hombre muerto.

Es la realidad… lo sabemos que puede suceder. A cualquiera de nosotros.

Tiende una mano y observa hacia quien lo mira. Hace una ligera inclinación de cabeza. Sale hacia la calle bulliciosa y concurrida. Se pierde entre la gente.♠

Publicado en Emeequis

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