¡Adiós, Juanga… adiós!


Estás en el aire, Juanga. Te vemos, te escuchamos, te sentimos, te tocamos tan cerca, tan verdaderamente tú, no tus cenizas, que pues… no hay manera de que tu funeral, por obra y gracia de tu presencia infinita, no se vuelva una tremenda pachanga de palenque.

Estás en el aire. Te lo juro. Y eso, permíteme explicar, no tiene tanto de retórico como de enfático: impresa en miles de papelitos blancos de papel de China, tu sonrisa de muchacho de 23 años, con los hoyuelos como marco de tus labios, vuela como vuelan las palomas en la Alameda, por encima de nuestras cabezas. Juguetona.

Nosotros bailamos. ¡Arriba, abajo, las manos! Nos contoneamos. Los que vienen en grupo arman una “víbora de la mar”, cuando se escucha que no, nono no hay nadie que bailetanbonito como tú y el desmadre, ya sabes, se organiza en segundos: hileras multitudinarias de dolientes que baten hombro-cadera-culito al ritmo de la rola y, como si estuviéramos en nuestra boda, aullamos contigo, nos carcajeamos contigo, joteamos por ti, que es el verbo mejor con el se define esta celebración de tu vida.

Y miles de manos –o cientos de miles, yo ya no sé- jugamos contigo a atraparte como papelito blanco, a aplaudirte, a tenerte, a volverte a soltar al viento nocturno de una Avenida Juárez desbordada, histórica, mientras hacemos las filas de hasta cuatro horas de espera para entrar a Bellas Artes, tú en el centro de todo, para verte, cantarte, sollozarte:

-¡Amoreeee ternooooo… eiiinol vidáaaable e eee…

Y así como eres tú en los papelitos-palomas blancos, eres también en los miles de posters que nos recuerdan tu historia como cantante, en los que anuncian tu última presentación en el Auditorio Nacional, hace poquito; y eres también en los Mp3 piratas a 25 pesos, en los vasitos para el café, en las rosas de rojo y blanco plástico que huelen a durazno imposible (“¡ps esque se m’acabó el aroma de rosas, valedor!”) en los paraguas de Taiwán, en lo relojes, chamarras o DVD hechizos de tu concierto en Bellas Artes.

Eres en las bandas de tela para el sudor de la frente, con tu imagen y la de la Virgen de Guadalupe unidas. Eres en los altares con foquitos LED que rezan Tú eres la tristeza ¡ay! de mis ojos, en las plumas de gel que ni pintan, en las camisetas que repiten tu contoneo, en las máscaras de látex, los antifaces del Noa-Noa, las estampas con tu verso Me nace del corazón decirle que usted es mi vida. Eres tú en las bufandas de estambre, en las calcetas rosadas y las chalinas amarillas. Eres tú, el de Parácuaro, en la manta del Club ¡Arriba Juárez!

Eres tú, Juanga, Juan Gabriel, Alberto Aguilera, que el día de tu funeral nos confirmas que, para colmarse, las calles exigen la palabra adecuada, las letras exactas que logren traducirla con fidelidad absoluta en su lenguaje, su tiempo y sus latidos. Y eso es arte.

Eres tú, Juan, tu voz repetida en cientos de bocinas, que nos cantas en la misma ciudad y con la misma gente, en el único templo sagrado que existe: las calles.

Porque ahí es donde se funda la simbiosis perfecta de pueblo y canciones, Juan. La calle. Si los pueblos aman a sus cantores, a sus mejores cantores, es porque esa complicidad se fraguó en las calle, nació en la calles. Y sólo ahí es posible.

Por eso sólo ocurre cada tanto con unos cuantos. Pasó con la nostalgia poética de Agustín Lara; con el desgarrado amor que transita del campo a las ciudades de la mano de José Alfredo Jiménez; con los románticos boleros de Álvaro Carrillo y Consuelito Velázquez; con la contundencia armónica de Manzanero. Y contigo, Juanga. Cuando naciste mito en la frontera y gritaste “¡no tengo dinero ni-nadaquedar, lo unícoque tengoesa mor paradar…!

Tu rostro, tu presencia -que obliga al Palacio de Bellas Artes, el máximo recinto cultural de la República Mexicana, a permanecer abierto toda la noche-, compone una cruz inmensa con tus discos LP, que José Antonio, tu fan desde 1971, forma en el suelo de la avenida y convierte en paso obligado del gentío que se detiene, baja la mirada, casi se santigua.

Tu voz, tus quebrantos –se repiten en decenas de bocinas instaladas en todos los costados de la Alameda Central- trazan un sendero de emociones nuestras, que van en segundos del grito desgarrado al estallido violento, del duelo mesurado al requiebre festivo, del apesadumbrado yo no nací para amar, nadie nació para mi, tan sólo fui un loco soñador nomás, al chabacano muy sola y muy triste te dejaron –¡qué bueno!- y sin dinero-sin él-sin mi-sin nada ¡caray! Sin-sin dinero ¡caray! sin mi-sin nada –¡qué bueno, qué bueno, qué bueno, lero-lero, eso te pasa por traicionera y convenenciera y muy fea persona ¡qué bueno!”

Eres tú, incluso en la pizza Juan Gabriel (“trái sus dos bolas grandes de carne bien puestas”) que, aunque insípida y reblandecida, vende en Balderas y Juárez un motociclista de Pizza-Hutt oportuno como pocos.

Decía yo el día que moriste, Juanga, que desdeñar la explosión popular de veneración hacia ti, inducida o replicada en y por los medios, es no tener ni puta idea del país, del continente en que vivimos. Que la sociedad mexicana en particular, la latinoamericana en buena medida, somos así: viscerales de emociones, exagerados, masivos, fiesteros, tal vez un poco incultos en promedio, elementales acaso, contradictorios, eufóricos, arrebatados, pasionales.

Todos tenemos un recuerdo tuyo y lo venimos a llorar. Todos una canción, un tequila, una borrachera de cuatro días acompañados por ti. Todos un dolor en el pecho que nos hace cantar que llenaste de recuerdos a la ciudad entera, para agradecer a ese muchacho provinciano humilde y colmado de ilusiones de los años 70, que se convirtió en un venerado monstruo definitivo de la cultura popular latinoamericana, cuarenta años más tarde. El latinamerican dream.

Estás en todo momento y en todo lugar, Juanga, y es esa omnipresencia la que nos convoca en nuestra dualidad mestiza: desbordada en el llanto y las emociones más básicas, catártica, siempre y para todo en demasía.

Tu funeral, tu fiesta de despedida, lo confirma. ¿Te gustan un millón de personas, hombres, mujeres, niñas, niños, ancianas, ancianos, que caminan ante tu urna (parece un radio de los años 30) y salen a las calles a bailar tus canciones? ¿Te gustan otras miles más de flanco en el trayecto que llevó tu Juangamóvil del Hangar Presidencial (¡ay, nomás p’al gasto!) a Bellas Artes? ¿Y otras decenas de miles más, que durante toda la semana erigieron altares a los pies de tu estatua en Garibaldi, en tu casa de Ciudad Juárez y tu casa en Michoacán?

Si los gringos tuvieron a Sinatra, los españoles a Lola Flores, los franceses a Edith Piaf, los argentinos a Mercedes Sosa, los chilenos a Víctor Jara, los italianos a Pavarotti o los ingleses a Freddy Mercury, nosotros te tuvimos a ti y salimos a la calle a lamentarnos por tu muerte, por tu abandono. Tenías que ser tan cruel al despedirte.

-¡Tú viviráááás por sieeeempre, Juan Graaabieeeeel!

Y sí.

Aunque tu muerte, un poco, nos recuerde nuestra propia e inevitable finitud. Aunque tu priismo nos recuerde, un mucho, nuestros propios y graves pendientes, vivirás por siempre.

En las canciones y en los recuerdo, como viven los cantores definitivos para su época.

En el sentimiento de esa mujer cuando te llora, “él le gustaba mucho a mi mamacita, y cuando ella se me murió, me pidió que la enterráramos con su Amor eterno”.

En el recuerdo vivo de las parejas de enamorados que te aclaman. En los discos. En las más de 75 millones de reproducciones de Hasta que te conocí en Youtube. En los más de 150 millones de copias originales que colocaste en el mercado mundial. En las millones de horas transmitidas en la radio. En tu mausoleo, que es las calles de México.

Pero sobre todo, para mi, estás en un recuerdo vago, pero cierto, de aquella mañana de mil novecientos ochenta y tantos -igual de fría que hoy, qué casualidad- cuando cierta mujer obrera, hermosa, cariñosa, antes de salir a trabajar despertaba con un beso a aquel chavito de cabellos rizados y cara melancólica, para decirle:

-Pa’rriba, gordito… ya me tengo que ir a trabajar. Mira lo que te trajo tu tío… para que no te sientas solo en lo que regreso…

Mientras el tocadiscos, cuya forma ha nublado la memoria, liberaba al viento la presencia que, toda una vida después, aún vemos todos, escuchamos, sentimos, tocamos tan cerca, tan verdaderamente cierta y no en cenizas, en tu funeral-pachanga, al que venimos a decirte ¡Gracias, Juanga!:

“¡Hoy como otros días, yo seguiré tratando ser mejor y sonriendo haré las cosas con amor… ¡Buenos días alegría, buenos días al amor, buenos días a la vida.. ¡buenos días, señor Sol!”

Publicado en la revista digital FACTUM

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